Policromìas

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La Vida Es Una Flor...Y yo Soy Polen que Acaricia El Viento...
Los niños y las niñas son mi preciosa fuente de inspiración. A Dios y a ellos debo cada letra, cada frase, cada verso que escribo y muchos otros que esperan en el tintero mágico.

-------Anhelo ver mi patria bendecida Con Paz.
No hay mayor motivo de inspiración, ni manifestación mas pura de genuina belleza que logre superar la sonrisa de un niño.

Soy de una bella ciudad del Eje Cafetero de Colombia, donde hace siglos existió una raza diferente. Sabios rudos con facciones cobrizas cinceladas por el sol, que honraron su entorno y al planeta lo llamaron "Madre Tierra" mientras plasmaron su talento en la roca, en laminas de oro y figuras de arcilla; es aquí donde se tejen mis raíces. Si pienso en mis ancestros me parece escuchar el son de los tambores jugando en las montañas y la risa de niños, con el rostro pintado, tratando de alcanzar algún conejo o desgranando con sus tiernos dedos, las mazorcas doradas de maíz.c
Hoy emergen desde nuestra historia aquellas culturas, que entre gritos de guerra quisieron arrancarle al llamado progreso el derecho a conservar su esencia; no lograron hacerlo pero a cambio recibieron un preciado tesoro:"Nuestro idioma".
Desde que era niña, estas letras mágicas ejercieron en mi, un poder hipnótico; fascinación que se hizo evidente cuando a los doce años mis compañeras de clase me pedían que escribiera cartas de amor, poesia y acrósticos en rima para obsequiar a los chicos cupido; desde allí amé la literatura y germinaron mis primeros versos. L
Fragmento del libro: Bebè Adrih Sueña

Las Ninfas del Bosque Encantado

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sábado, 16 de agosto de 2008

La Gaviota De Oro

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Una Historia De Amor y De Perdón
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Pequeña de mi ensueño supe que tu nombre es Monique. Te imagino como un tierno capullo hermoso y sonrosado, intentando palpar con tus gráciles dedos, los rayitos de luz, que acarician tus ojos y creo contemplar tu candoroso rostro con gracia angelical. Recuerdo cuántas veces anhelé acunarte entre mis brazos. Hoy al saber tu nombre, me decidí a escribir este mágico cuento, en homenaje a ti.
En un precioso lugar que Dios bendijo, donde el frío matinal salpicando con gotitas de rocío, juguetea entre praderas y elevadas montañas, hace algunos años comenzó la historia que hoy te cuento.
Al vaivén de la brisa cristalina, las mariposas parecen danzar y una gran variedad de hermosas flores, presuntuosas esparcen su fragancia exquisita.
El viejo y gigantesco roble que allí habita, perezosamente extiende sus ramas y con pausada voz que casi hechiza, le cuenta a las mariposas y a las flores, que hace muchísimos años, el arco iris con alegría febril, mezcló muchos colores y en un derroche de genuina inspiración, con un pincel de nácar que le obsequió la luna, pintó las flores y las alas de todas las mariposas, también pintó las plumas de las aves, las nubes y las altas montañas que estaban a su alrededor.
Cada mañana muy temprano, cuando el sol ilumina los cerros empinados y los sauces despiertan a la orilla del río, sobre la tierra fértil se escuchan las pisadas de un joven campesino, que diligente planta huertos de variadas especies y árboles de frutos deliciosos, con mágicas semillas que siembra cada día.
El solitario sembrador, sonríe al descubrir que astutos conejillos sigilosamente se esconden, para averiguar cual es el huerto de las zanahorias. Luego cuando el sembrador se marcha, los traviesos espías de suave pelaje, orejas muy largas y nariz temblorosa y sonrosada, salen de su escondite y desfrutan suculentos banquetes. Después de aquel festín, se quedan profundamente dormidos.
En mas de una ocasión, cuando el sembrador recorría su acostumbrada ruta, encontró ruiseñores y gorriones que estaban heridos junto al camino y él, con mucho esmero cuidó de ellos, hasta que los pequeños pajarillos recobraron su fuerza y estuvieron listos para emprender el vuelo.
Las manos de aquel sembrador son muy fuertes, ágiles y bellas, aunque en ellas quedaron dibujadas las heridas que la tierra plasmó en sus largas jornadas de trabajo.
Un atardecer cualquiera mientras el ocaso se recostaba sobre el lecho del río, el joven sembrador se detuvo un momento para descansar. En ese preciso instante en un lugar lejano, una gaviota muy bella con plumas de oro reluciente, ojos de esmeralda y delicado pico de rubí, se escapó de un cuento de hadas. Ansiosa estaba la gaviota aquella de conocer un horizonte nuevo.
El dorado reflejo de sus alas surcaba en rayos de oro el firmamento, y corriendo apresura detrás de su esplendor, una joven que también se escapó del cuento de hadas, en vano hizo el intento de alcanzar a la hermosa gaviota.
Buscaba la doncella en todas las colinas, recorrió las praderas y llegó hasta la cima de las montañas más altas, tratando de alcanzar a la Gaviota de Oro que le había arrebatado su más hermoso anhelo.
Estando ya cansada y muy sedienta, se dirigió la joven al majestuoso sol, quien había sido fiel testigo de su fallido intento. El astro gentilmente le aconsejó que se diera prisa en llegar a la tierra del joven sembrador; seguramente el le ayudaría a encontrar a la Gaviota de Oro que llevó en su piquito colorado oculto entre un rubí, su tesoro mas bello: “El anhelo que ella había guardado celosamente en su corazón, durante mucho tiempo”.
Decididamente la joven se dispuso a continuar su viaje. Calmó la sed en una cristalina fuente que encontró a su paso y bajo la atenta mirada del sol, feliz corrió en busca de su gaviota.
Danzaba entre las flores con los ojos cerrados, absorbía sus fragancias exquisitas… tan concentrada estaba disfrutando el aroma, que no se percató de aquel tronco que había atravesado en su camino y al tropezar en el, rodó por un sendero de peñascos donde también habían muchos espinos que se incrustaban en su piel, causándole dolor y rasgando su precioso vestido que era blanco.
Cuando la tarde decidió marcharse a reclinar su rostro en las piedras del río, y las ramas del gigantesco roble se abrían como brazos paternales, para albergar en ellas a muchas aves que allí dormían, el sembrador después de su jornada de trabajo, mientras se dirigía a su casa, le pareció escuchar que alguien sollozaba.
La naciente sonrisa de la luna reposaba en la copa de los árboles y entre el oscuro manto de la noche que acababa de entrar, con luz sutil casi apagada, iluminó los pasos del joven sembrador. Sus pisadas se escuchan y quedan suspendidas dibujadas entre la tierra húmeda.
Fue cuando la encontró, allí estaba la joven con su vestido roto, muy triste, sollozando. El sembrador la miró con ternura infinita sanando una a una sus heridas, luego tomándola en sus brazos la llevó hasta su casa.

-Y ahora dime niña de mi ensueño: ¿Alguna vez imaginaste acaso que llegarías a ser parte de un cuento?..¿Recuerdas el tesoro tan preciado que llevó la gaviota, en su tierno piquito de rubí? ¡Mi valioso tesoro fue el anhelo de contemplarte a ti!

Aquel lugar por cierto era muy bello; al esconderse el sol, se reunían los grillos junto a la quebrada y cantaban dichosos. La noche despertaba como una hermosa dama, con majestuosidad y cuando se escondía entre las grandes montañas, se escuchaba algo así, como un precioso arrullo. La noche a veces parecía gemir; era que estaba dando a luz a la mañana y luego la envolvía dulcemente con su velo de estrellas matutinas.
En una de aquellas mágicas mañanas, delante del viejo roble, que como un veterano soldado había sido el guardián incondicional de todas esas tierras, el sembrador y la joven doncella, con un beso de amor unieron sus vidas.
Un nuevo rayo de luz surcaba el horizonte. Sus risas se escuchaban y otro par de huellas más pequeñas quedaban dibujadas junto a las huellas del joven sembrador.
El firmamento entero fue testigo, de lo que pudo ser el más sublime amor.
Pasaron las semanas y los meses que daban paso austero a los años también, la lluvia sollozaba prendida a mi ventana y junto con la lluvia, muchas de aquellas noches, pensativa, en silencio, la esposa del sembrador con nostalgia recordaba a la Gaviota de Oro, que se llevó con ella su más preciado anhelo.
También el sembrador, a veces en silencio anhelaba tener un capullo especial; un capullo con pétalos rosados y sonrisa de ángel, un precioso capullo que en su tierra, el sembrador jamás pudo sembrar.
Las hojas de los sauces todas se estremecieron, bañadas de rocío parecían llorar. Las aves despertaron, cuando el búho solitario todavía velaba pensativo en su rama y se escuchaban las pisadas del sembrador, que cada vez se alejaba más. ¡Se ha marchado, abandonó su tierra! - Le dijo un ruiseñor, a un precioso quetzal. El Sembrador, oculto entre la sombra de la noche se alejaba. Se marchó simplemente, pensando realizar su más íntimo anhelo.
El viejo y sabio roble, que durante tantos años fue el guardián de aquel bello lugar, meditabundo y triste se quedó dormido; no ha vuelto a cantar ni a narrar sus historias a las flores. Sus ramas poco a poco se han secado y las aves que allí se refugiaron durante tantos años, han empezado a emigrar hacia las altas colinas.
Dos décadas de inviernos y veranos quedaron registradas por el cincel del tiempo, grabadas en los troncos de los sauces, que todavía despiertan a la orilla del río.
Esta mañana temprano, un rayito dorado se me posó en la frente. Se filtró suavemente a través de mi ventana, con gran delicadeza se recostó en mi almohada. Su luz cálida y pura acarició mi rostro, como si quisiera hacerme sentir que alguien me amaba.
Lentamente mis párpados se abrieron y pude contemplar a la hermosa gaviota de las plumas doradas. Sus ojos de esmeralda parecían aún mas verdes, como si en ellos hubiera quedado impregnado el infinito verde de los fértiles bosques y el verde de la savia de aquel roble gigante que se quedó dormido para siempre.
Extasiada miraba a mi Gaviota, con su piquito rojo tocando a mi ventana. A pesar de estar cerca también estaba lejos…Dos décadas pasaron antes que ella llegara. Fue por este motivo niña hermosa, que preferí no abrirle la ventana.
Ella al verse en mis ojos reflejada comprendió mis motivos y desplegó sus alas. Se dirigió esta vez, a construir su nido en la nube infinita del ocaso. Cuando se fue, corrí hasta mi ventana y quedé sorprendida al descubrir el pequeño rubí incrustado en el corazón de una lágrima dorada. Aquel rubí donde celosamente había guardado como un bello tesoro, el anhelo mas preciado de mi vida.
Hoy cuando desperté, dulce pequeña, me pareció escuchar un bello canto con notas musicales de esperanza, que volaba en las alas de la brisa impregnándolo todo con el fragante aroma de las flores.
Las mariposas de bellos colores otra vez parecían danzar, cuando los rayos del sol coronaban de oro y nácar la cúspide imponente de los cerros. Fue en ese momento, cuando abrí mi ventana, que pude contemplar al viejo roble que estaba despertando…Perezosamente extendía una a una sus ramas, mientras las hojas secas recobraban su color verde esperanza y divisé a lo lejos una bandada de preciosas aves, que ansiosas regresaban para buscar refugio entre sus ramas.
Dos décadas, quedaron registradas en el reloj del tiempo; sin embargo las huellas que estuvieron plasmadas sobre la tierra fértil, cuando cada mañana la preciosa alborada, susurraba al oído del joven sembrador…Esas huellas ahora ya no existen, en su lugar perduran bellas rosas, son rosas encarnadas que no tienen espinas.
Ahora niña bella, has de saber que tú fuiste el capullo que yo tanto anhelé.
Se muy bien que los años han pasado y que en éste momento, posiblemente te hayas transformado, en la dulce doncella que escapó de las hermosas páginas de un cuento.
Por eso mi pequeña, yo guardé la preciosa chispita de rubí, que la Gaviota de Oro me dejó para dártela a ti.

Marta Lilián Molano León

domingo, 24 de febrero de 2008

Bebé Adrih Sueña

Reencuentro con Atalaya
bebé adrih sueña
Fragmento del libro: Bebé Adrih Sueña
http://www.lulu.com/content/1646075

-Hablando de vejez y tiempos idos... Dijo el águila real filosofando un poco, yo he pasado ya algunas veces por experiencias similares: “Debido a la destreza con la que fui dotada para volar y llegar a la cúspide de los cerros mas altos, he tenido que ingeniarme estrategias, para afrontar los rigores del tiempo y la naturaleza”. Cuando me torno vieja y mi plumas empiezan a perder su vigor, suelo emigrar hacia las altas cumbres y desgarro gran parte de ellas hasta quedar casi desnuda, luego golpeo mi pico sobre algún peñasco y espero temblorosa, adolorida y paciente, hasta que mis plumas y mi pico se hayan renovado, entonces expando mis alas y emprendo el vuelo ávida, por conocer hermosos horizontes que me esperan.
Ante aquella detallada explicación del águila real, Bebé Adrih que estaba allí en brazos de la nana, se quedó sorprendido, pues acababa de recordar lo familiar que le resultaba aquella historia, el personalmente había presenciado algunas veces su maravillosa renovación y compartido la dicha de volar sobre las alas del ave de tan excelso linaje, ahora ella parecía no recordarlo porque el tenía un aspecto diferente.

Al dirigir la mirada hacia las altas cumbres, el pequeño logró recordar, los sucesos de una hermosa mañana de hace ya mucho tiempo.

Adrih observaba desde los empinados cerros, a una hermosa águila que feliz graznaba mientras volaba. El ave permaneció durante mucho tiempo, en aquel escenario inmaculado bajo la mirada atenta y extasiada de Adrih, que no quería perder ningún detalle de aquella ceremonia, realizada con tal magnificencia. A escasos metros del lugar donde se encontraba, escuchó los graznidos lastimeros del polluelo del águila. Entonces, se acercó hasta el nido y al ver al tembloroso y solitario aguilucho, de escasas plumas y aspecto escuálido se sintió conmovido, pues le pareció indefenso y susceptible en la cima empinada de los peligrosos riscos. Allí se quedó durante un breve tiempo, contemplando al polluelo, pero al imaginar lo que sería aquel frágil aguilucho dentro de algunos meses, su perspectiva cambió, “Aquel escuálido polluelo, lograría ser un águila real tan majestuosa y bella, como la que en éste momento surcaba el horizonte”.

¡Atalaya! Dijo Adrih al pequeño y asustadizo aguilucho. Desde hoy tu nombre será Atalaya. Y el pequeño polluelo lo miró fijamente, con su mirada fría impenetrable, como si aquel frágil pedacito de vida desplumada, pretendiera que sus ojos, quedaran grabados para siempre, en la memoria del pequeño y amigable ser, que había tenido la osadía de escalar los empinados y peligrosos riscos, donde tan solo las águilas logran llegar.

¡Atalaya! Decía Adrih, mientras colocaba suavemente al pequeño aguilucho, entre la palma de su mano y no dejaba de mirar sus ojos.

“Aquel encuentro, fue solo el inicio de una hermosa e inquebrantable amistad”.

A los pocos días, cuando Adrih escalaba los cerros con el propósito de visitar a su pequeña amiga, presenció su primera lección de vuelo. Mamá águila, parecía realmente disgustada con Atalaya, pues graznaba fuertemente, mientras con sus garras empujaba el nido donde se encontraba su pequeña y asustada amiga, lanzándolo con ímpetu al vacío, con el aguilucho dentro.

Adrih, cerró los ojos y contuvo la respiración. ¿Que pretendía mamá águila, acaso aquella ave de rapiña carecía completamente de instintos maternales?. Atalaya debía estar realmente asustada. Su escuálida amiga, posiblemente sufría en éste momento, un grave estado de pánico. Pero cual no sería la sorpresa de Adrih, cuando al abrir los ojos, vio al aguilucho aleteando con fuerza. Lo cierto, es que parecía estar disfrutando su primera lección de vuelo. Entre tanto mamá águila volaba orgullosa haciendo círculos en derredor, dándole ánimo e inspirándole confianza.

Seguro que Atalaya jamás olvidará éste día. Pensó el pequeño, quien con una sonrisa de satisfacción, siguió escalando los escabrosos cerros, para felicitar a su pequeña amiga por la espectacular proeza que había realizado.

Marta Lilián Molano L

Fragmento del libro: Bebé Adrih Sueña

http://bebe-adrih.blogspot.com/
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sábado, 12 de enero de 2008

Tres Flores Blancas En El Muladar
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Cotidianidades.wordpress.com
Fragmento del cuento:
Daniela fatigada y muy débil abrió la puerta de la humilde habitación, tiró la gorra lejos, dejando en libertad su cabello castaño ensortijado y se quitó las botas militares. Sus pies estaban enrojecidos y con muchas ampollas. Respiró profundamente y miró la fecha en el almanaque que estaba suspendido en la pared, hoy cumplía dieciséis años. Tomó el pequeño álbum de fotos familiares que había en su mochila tirada en un rincón y al mirar en las páginas amarillentas, dos caritas sonrientes la hicieron pensar en su pasado.

Cerró los ojos por un breve instante y un rictus de amargura se dibujó en sus labios que todavía parecían de niña. Los recuerdos de la infancia acudían a su memoria, como un desfile de fantasmas mudos, que danzaban grotescos y burlones, tomados de la mano bajo la tenue luz de una lámpara de kerosén y luego huían despavoridos entre cortinas de humo, ahuyentados por risas infantiles y cantos de gorriones que plasmaron sus notas melodiosas, en la sonrisa cálida de la abuela Isabel.
La brisa calurosa que se filtró entre las grietas de la pared dañada, trajo del muladar cercano un olor añejo a madera podrida, a cigarros y a tufo. El delicado roce de la cola de Peggi su consentida gata parda, ronroneando feliz, sobándose en sus piernas, la hizo volver a la realidad. Tiro el álbum de fotos sobre la mochila­; mirándose al espejo levantó su camisa camuflada y con las manos temblorosas frías, contemplando su vientre levemente abultado, dibujó en el un corazón pequeño, como si pretendiera que la frágil criatura que estaba en gestación, lo mirara y sonriera. Daniela era delgada y su vientre tan pálido y tan suave, como los blancos pétales de una rosa escarchada de rocío. Con agua fría, quiso borrar el rastro de sus lágrimas y luego de servir un poco de alimento en la vasija de Peggi, se tendió en el destartalado catre, colocó la almohada sobre sus ojos y nostálgicamente contempló sus recuerdos.
Una y otra vez veía entre sus sueños el rostro inolvidable de su hermana, los hoyuelos pequeños definiendo con gracia el candor de su risa y su cabello despeinado al viento enredado en las hojas de los árboles, cuando subía en sus ramas para alcanzar los mangos amarillos y curiosear de cerca, los nidos solitarios. La tímida sonrisa dibujada en el pálido rostro de la niña mujer, tendida boca arriba sobre el vetusto catre, más que sonrisa parecía una mueca, un gesto de dolor perdido en el silencio, sin más testigo cerca que Peggi, la consentida gata parda que tierna ronroneaba recostada a sus pies.
Dos años han pasado tan lentos y sombríos, que quisiera arrancar de su memoria todos esos recuerdos, con la facilidad que se desprenden las hojas desteñidas del almanaque de su habitación. Dos años han pasado rasgando la inocencia de su vida, de callado martirio, de violencia y terror, de sollozos ahogados, de ilusiones marchitas y de noches febriles entre rastrojos húmedos que albergaron cadáveres sin nombre, alimañas, serpientes y borrachos lascivos, de violencia y de sexo. Dos años anhelando que el tiempo se hubiera detenido un día antes de su cumpleaños, cuando la abuela regaba su jardín, mientras el exquisito aroma de los naranjales coronados de flores, jugaba en su cabello y en las rígidas trenzas de Mariana, adornadas con cintas de colores. Dos años anhelando ir al colegio, al cine y a la plaza; noches enteras recordando su cálida familia y la comida recién preparada con sabor a laurel, cilantro y leña. Dos años dibujando entre sus sueños la silueta delgada de la abuela, en el umbral lejano de su infancia, cuando tomada de la mano de Mariana, se perdían entre risas y juegos infantiles, en el sendero de los platanales.
Sobre el vetusto catre, Daniela sintió su frágil cuerpo flotando entre las nubes y llegó hasta su oído el ronronear mimado y hechicero de su gatita parda; luego una luz sublime acarició su frente y la canción de cuna que su madre cantaba, invadió las montañas quedándose su eco en los nidos pequeños solitarios y posando sus notas en el pálido vientre nacarado, como si pretendiera arrullar en su seno cristalino marchito, al pequeño capullo que se extingue, sin llegar a nacer.­­
­Austeros han pasado los meses y los años. Los absorbió la tierra cubriéndolos con lluvias y veranos que transformaron su pesada marcha, dando a luz bellos árboles con frutos suculentos de preciosos colores y sabor exquisito. Los pajarillos cantan, hay nuevas mariposas, exóticas iguanas y ardillas con la cola espelucada, pasean tranquilamente por allí.
Desde hace muchos meses, Simón el labrador y la abuela Isabel, han visto con asombro que entre risas y cantos, dos niñas se pasean tomadas de la mano por el sendero de los platanales; las dos parecen ir rumbo a la escuela. A veces correteando, la más pequeña arroja sobre el lecho del río, las cintas de colores que sostienen sus trenzas y su cabello alborotado al viento, se enreda entre las hojas y ramas de los árboles, cuando observa los nidos pequeñitos y procura alcanzar mangos maduros. La otra muy feliz, corriendo junto a ella parece divertirse, en el fallido intento de alcanzarla.
En la morada aquella perdida y solitaria, donde duerme Daniela para no despertar, el muladar cercano se vistió de alegría y primavera. Dicen que han escuchado a dos niñas cantar y la sonrisa tierna de un pequeño bebé, se esparce con la brisa y traviesa se esconde entre las grietas de la pared raída de la casita vieja. Justo desde ese día que marca el almanaque que se haya suspendido en la pared, despertaron tres flores primorosas, radiantes y divinas... Blancas como la nieve y las perlas de nácar que parecen sonrisas brotando de una herida muy profunda en el mar… “Coincidencia casual” ¿Quién lo diría?

“¡Tres Flores Blancas en el Muladar!”

Fragmento del libro El Otoño En Los Ojos De Un Niño (Género: Poesía)

Marta Lilián Molano L

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Mis Libros Infantiles:
l otoño en los ojos de un niño